Cuatro paredes

viernes, 7 de noviembre de 2008


Pasaban de las nueve cuando la voluminosa y suntuosa sombra de Manuel cruzaba el umbral de la puerta. Siguió avanzando hasta el lugar donde se encontraba María, su esposa. No intercambiaron palabras, sólo una desdeñosa mirada por parte de Manuel que hizo aflorar en los ojos de su mujer un leve brillo de intranquilidad. María apartó la mirada y simuló un ajetreo en la cocina inexistente para romper la tensión del momento. Empezó a mover cacerolas, a cambiar de sitio sartenes y a rebuscar por los cajones con la aparente intención de encontrar algo que ni ella misma parecía saber qué era. En una de estas maniobras, varias sartenes cayeron al suelo con tal estrépito que María no puedo evitar sobresaltarse. Entonces un grito cargado de ira se sobrepuso al fuerte ruido metálico que aún no había cesado.


-¿¡Nunca aprenderás a tener más cuidado o qué!?


- Lo… Lo… Lo siento – Respondió María titubeante e insegura de lo que hacía


- ¿Lo sientes? Creo que con eso no van a volver las cosas a su sitio, ¡Recógelo todo inmediatamente! – Le ordenó Manuel


- Sí sí claro… - Contestó ella temerosa y con temblores en las manos


- Más te vale que cuando suba del bar esté todo en orden – Dijo remarcando su autoridad sobre la pobre mujer que yacía en el suelo arreglando lo que sus propios nervios habían provocado.


Tras aquellas amenazadoras palabras, Manuel desapareció de la cocina y tan solo un segundo más tarde se oyó el fuerte portazo que éste dio. Y allí se encontraba María… día tras otro la situación empeoraba y su impotencia hacia todo aquello le oprimía el pecho cada vez que pensaba en el giro que había dado su vida, en la espiral sin sentido que se había convertido su monótona rutina. La soledad le envolvía y aislaba de su antigua vida que ya quedaba muy lejos. En los últimos meses su rostro se había visto desmejorado y algunos moratones daban a entender la brutalidad a la que se tenía que enfrentar.


En ese momento una lágrima empezó a asomar por su castigado rostro y fue resbalando poco a poco hasta perderse en los numerosos surcos que marcaban sus facciones. Pero aquella lágrima era mucho más que una simple lágrima, encerraba el dolor, la agonía y el sufrimiento que debía superar cada mañana para levantarse, para mirar hacia delante aunque el horizonte estuviera borroso y vacío de significado. Incluso en ocasiones una duda fugaz asaltaba su mente al preguntarse cuanto tiempo se prolongaría su nefasta existencia.


Las lágrimas se convirtieron en sollozos que acabaron con el silencio que le rodeaba. El miedo invadía cada rincón de su mente al pensar en lo que aquel sujeto podría llegar a hacerle si se enterara que aquella misma mañana había visitado el juzgado… Aunque nunca lo habría hecho de no ser por el aborto que le provocó tan solo unas semanas atrás Manuel al empujarla delante de las escaleras: la caída se le tornó inevitable. No podía recordar ese momento ni los que le seguían. Tan solo perduraba en su cabeza el sonido sordo de la caída, la sirena de la ambulancia, gente hablando y murmurando a su alrededor…


No podía dejar pasar aquello… había decidido actuar y esperaba poder sentir aunque fuera un pequeño atisbo de seguridad que tanta falta le hacía. Pero algo la sacó de su ensimismamiento, un ruido brusco y seco de una frenada de un coche. Se levantó del suelo sobre el que tantas veces había llorado y se asomó a la ventana. El panorama era desolador: había un coche parado en mitad de la calzada y justo delante de éste, entre una masa de multitud que se arremolinaba para saber que había pasado, yacía tendido un cuerpo. Era Manuel. “¡No respira, no respira!” gritó un hombre que intentaba reanimarle.


María no sabía qué debía sentir en ese momento… Su corazón había dado un vuelco pero algo le decía que acababa de recuperar su ansiada libertad y que podría salir de aquellas cuatro pareces de su casa que delimitaban su antigua celda.

1 comentarios:

Jove d'Alzira dijo...

David, ánimo en todo lo que propongas. Seguro que llegas muy alto... No te canses nunca..
Tienes mucha razón...

Un abrazo

Ferran