Creces,
maduras,
dejas suenos en el camino,
otros ya los llevas en tu caza-mariposas,
ves la sucesión de imágenes a través de tus recuerdos,
y te invade una profunda añoranza, un profundo sentimiento,
una sensación de resignación, de no poder evitar seguir avanzando;
seguir nadando en ese torbellino descomunal y arrollador al que llamamos vida.
Una sonrisa,
caricias en la cuna,
el sonido de un juguete,
un rostro que empiezas a reconocer,
palabras que empiezas a articular, o a intentarlo,
y de repente te pones erguido y empiezas a recorrer camino,
empiezas a trepar, esquivar obstáculos, aprender a no caer y levantarse,
y te conviertes en la luz, que va buscando entre las nubes un lugar, y vuelas como ella.
Y quieres decrecer y volver a vivir momentos que forman parte del tú más profundo,
quieres volver hacia atrás, invertir esa luz imparable y viajar con ella hacia atrás,
deleitar una mirada que no pudiste, una sonrisa que hoy te hace estallar,
y te hace llorar, que te duele recordar porque sabes que la luz partió,
eres pasto del ineludible paso del tiempo, del más oscuro reloj,
eres pasto de las llamas que provocan el renacer del fénix,
que nos hacen cambiar de etapa sin percatarnos,
que nos hacen crecer por dentro,
también por fuera,
y sin opción.
Quieres volver porque ha oscurecido y nunca supiste encontrar el camino a casa,
deseas parar el tiempo para gritar en un instante eterno y vivir en él,
quieres hacer de la quietud tu casa, del recuerdo tu entorno,
tienes miedo, el tablero empieza a desdibujarse,
las casillas eran juegos de ayer, de tu niñez,
ahora los juegos quedan en tu mente,
y vuelves a casa para jugar,
y aún a riesgo de perderte
intentas regresar rápido,
y sentir calor,
sonreír.
A la velocidad de la luz
miércoles, 18 de abril de 2012
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David Bayona
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20:29
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Un año de Be(r)sos: Febrero (II)
jueves, 29 de marzo de 2012
El tiempo parece detenerse entre la tristeza,
las calles yacen frías, grises y sombrías,
y el cielo llora, y tu corazón se contagia de esa frialdad;
es momento de asentar un camino, y las dudas siempre llegan,
es momento de volar, y las alas quiebran al rozar el viento,
tu espíritu es grande, pero hacerse mayor hace que cada vez se vea desde más alto;
y más pequeño.
La lluvia, el arma más poderosa de la naturaleza para contagiarnos silencio,
el agua, el regalo más bonito de la naturaleza para contagiarnos vida,
y entre las contradicciones, siempre las dudas,
de esas que te atrapan, de esas que secuestran esperanzas,
y que en ocasiones, matan lo más vivo de tu ser,
la verdadera raíz de uno mismo.
Sobreponerse a la tristeza es el paso clave,
saltar hacia la felicidad desde el escalón más alejado,
volar hasta lo más alto sin preocuparse por caer o no,
locura que puede resultar dulce, amable, sincera:
o puede acabar contigo, arrancar lo poco que quedaba de uno mismo,
riesgo necesario para saltar la duda, esquivarla y regalarle una flor,
sonreír mientras te alejas de ella exhalando una palabra de ánimo,
o una locura de esas que exterminan.
Entre cada poro de tu piel sientes la pena,
pero nada es eterno, todo es cambio, impulso, sueño, vida;
como el agua de lluvia, regalo de la naturaleza;
y como el agua,
los efímeros, el cambio, impulso y sueño pueden ser el arma más poderosa,
para contagiarnos silencio,
para atraparnos en el laberinto creado por nuestra propia mente,
para sumirnos en el desánimo;
Un salto nos puede acercar a nuestros sueños,
pero estar más cerca de ellos, a veces nos puede alejar de nuestra realidad.
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David Bayona
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Un año de Be(r)sos: Enero (I)
lunes, 23 de enero de 2012
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Mi vida dos elecciones generales y un día después...
lunes, 21 de noviembre de 2011
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La tormenta perfecta
jueves, 10 de noviembre de 2011
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Versos borrachos (2)
lunes, 1 de agosto de 2011
Me sumerjo entre el miedo de un pasado oscuro,
trago pena, dolor, silencio;
y miro al cielo, esperando un beso que no llega,
y miro al suelo, y veo caer una pequeña lluvia de lágrimas,
son las lágrimas de la desazón que habita en mí,
son las lágrimas del recaer, del volver a errar,
del odio hacia uno mismo;
y me tiembla la mano.
Tú no estás, y yo sólo quiero irme,
tu te fuiste, y yo no estoy,
y fueron oscuros los segundos,
minutos,
horas,
días,
meses,
años;
y conseguí ver luz, abandonar esa botella,
esa que ahora sostengo entre las manos,
con la mirada baja y el corazón en un puño,
con los ojos cerrados y el reloj parado,
porque ahora ya no avanza,
porque ahora, la manecilla,
solo gira en el sentido contrario.
Porque vuelven los versos borrachos,
los besos frustrados,
las caricias que no vuelven,
el tiempo malgastado,
las flores que no huelen,
los pasos cansados,
las sonrisas que duelen,
el lamento cortado;
el amor que desapareció.
Y lloro,
y sufro,
y bebo;
y mi garganta no traga alcohol,
solo dolor,
ese silencio hundido,
ese miedo antes perdido,
esa oscuridad antes hecha luz;
y todo,
porque me faltas tú.
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David Bayona
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Vendaval de agua
miércoles, 20 de julio de 2011
Te expandes, en el tiempo y el espacio,
como aire, como agua,
vuelas entre silencios, murmuros,
te encargas de llenar cada espacio,
das plenitud al conjunto, a mi corazón,
con tus caricias, tus besos,
tu cuerpo y mi cuerpo vuelan juntos,
y siento, y sientes que esto es más,
que esto es un vendaval de agua,
que se mueve llenándolo todo,
sin dejar ni un sólo rincón.
Tu sonrisa, mi mirada,
tus latidos, mi felicidad,
y tu vida, hoy mi vida;
porque el tiempo se detuvo,
las nubes dejaron de volar,
el viento bailaba entre los fresnos,
y el silencio cantaba canciones de amor;
y todo ello en el mismo momento en que apareciste,
en ese mismo momento en el que tu mano se topó con la mía;
en ese mismo momento en el que tus sueños empezaron a parecerse a mis sueños,
y ahora escribo porque recuerdo ese momento, como tantos otros contigo; perfectos.
Y cada rima que escriba,
cada verso que componga en vida,
llevará oculto tu nombre,
contendrá un vendaval de agua;
de esos que lo llenan todo,
de esos que se expanden,
de esos que se parecen a ti,
de esos que me recuerdan a un beso,
tierno, dulce, secreto,
porque somos uno,
porque ya no hay duda;
y porque jamás dos personas,
juntando la mirada,
habían volado tan alto.
Déjame guardarte, déjame deleitarme con nuestra complicidad,
déjame insito un beso en el corazón,
y nunca te vayas,
y nunca me iré;
y volaremos, y el vendaval de agua siempre vivirá en mi,
siempre vivirás en mi.
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David Bayona
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Etiquetas: poesía
